¿Cómo afecta el estrés a mi piel?

Todos tenemos claro que el estrés es un agente que afecta negativamente a nuestra salud, y que vivimos en una sociedad donde el ritmo de vida y las exigencias sociales, familiares, laborales y personales nos roban la calma demasiado a menudo. Sin embargo el estrés, o mejor dicho el cortisol que es la hormona que nos provoca ese estado de alerta es a lo que debemos nuestra supervivencia pues gracias a ello hemos superado a lo largo de la historia los peligros que nos acechaban y hemos conseguido la supervivencia individual y como especie, por lo tanto podemos decir que el estrés es perjudicial, como casi todo, en exceso.

Vivimos en un momento de la historia donde cada vez vivimos más, por ello el envejecimiento en sí mismo se convierte en un problema pues está relacionado con la aparición de enfermedades crónicas y en el caso de la piel aparecen los rasgos visibles del estrés oxidativo que pueden derivar en lesiones y enfermedades importantes como el cáncer.

Existen dos clases de envejecimiento cutáneo el envejecimiento cronológico o natural, que es propio del paso del tiempo y se traduce en la aparición de arrugas finas, además de otras alteraciones funcionales de la piel y el envejecimiento prematuro que es el originado por causas extrínsecas como la contaminación, el tabaquismo, la radiación ultravioleta, etc.  Pero ambos manifiestan sus resultados a nivel de la piel a través del estrés oxidativo, pues éste es el responsable de la disminución de la producción natural de colágeno, elastina y ácido hialurónico en nuestro cuerpo, y además provoca la pérdida de luminosidad de la piel y la aparición de manchas en nuestra piel.

Por lo tanto cuando hablamos de cómo afecta el estrés a la piel en realidad estamos hablando del estrés oxidativo que no se refiere a nuestro estado de alerta si no a un proceso celular propio del envejecimiento pero que se ve afectado por ese otro estrés general.

 

¿Podemos evitar el estrés oxidativo?

¡Sí! Tenemos muchas herramientas para combatirlo ya que son muchas las causas que lo provocan:

  • Disminuir el estrés: aprender a gestionar nuestras emociones, controlar la respiración, actividades como el yoga, la meditación, el mindfulness… o más físicas como el deporte moderado, el contacto con la naturaleza, etc.
  • Dormir 7 u 8 horas diarias, ya que la regeneración celular y la reparación de los daños causados durante el día en nuestra piel se realiza por la noche.
  • Dieta saludable, rica en antioxidantes evitando los alimentos procesados.
  • Evitar el alcohol, el humo del tabaco y los rayos ultravioleta.

  • Incorporar rutinas diarias de cuidado de la piel basadas en protegernos de los factores externos que sabemos que aceleran el envejecimiento de la piel e incorporar por uso tópico aquellas sustancias que nuestro cuerpo deja de producir de forma natural. Es decir una limpieza facial efectiva y profunda que elimine o disminuya los efectos de la contaminación ambiental en nuestra piel; protección solar a diario para combatir el efecto de la radiación ultravioleta; incorporación de cosméticos con antioxidantes para evitar el estrés oxidativo como pueden ser sérums y cremas ricos en Vitamina C, Ácido Hialurónico y Resveratrol.

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